sábado, 11 de abril de 2009

Viaje a la Bética

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La Sala de las Pléyades en los Reales Alcázares de Sevilla
Azulejos renacentistas en una de las dependencias.

Dicen que los andaluces sienten la poesía por el ritmo que hay en ella, y que es ese ritmo el que la hace nacer de sus labios; así parece que era en el entorno de al-Mutamid, según reflejan palabras como las de Ibn Gálib quien dijo lo siguiente:“Los españoles tienen la constante preocupación –ya que están bajo el régimen de al-Zuhara (Venus) de vestir hermosos trajes y comer bocados escogidos, de ser limpios, y puros, amar los placeres y el canto e inventar nuevos aires musicales; dado que sufren la influencia de ‘Utárid (Mercurio), llevan bien sus negocios, cultivan las ciencias, aman la sabiduría, la filosofía, la justicia y la equidad".

Los estudiosos han hallado que la poesía del siglo XI se encuentra plagada de fragmentos que describen las constelaciones y tratan de la influencia de los astros sobre los hombres. Se trata de escritos entonados en versos ritmados, basados en los tratados de astronomía y astrología inspirados por Ptolomeo. Las crónicas, por ejemplo, cuentan que los andaluces de esa época cultivan las más diversas ciencias, que estaban realmente aficionados a la astronomía, y que nunca se vieron tantos astrolabios, como entonces.

Y es gracias a los poemas de al Mutamid, "el rey poeta", convertidos a veces en canciones, como nos ha llegado la descripción de al-Turayyá, la “Sala de las Pléyades”, en el Real Alcázar de Sevilla, sala proyectada y construida por este rey para estudiar las constelaciones y donde mantenía reuniones con sus ministros y con otros intelectuales y viajeros que llegaban a Sevilla.
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Quien mejor que al-Mutamid para describirnos el Real Alcázar que él diseñó, nadie mejor para que nos hagamos una idea de cómo era esa “Sala de las Pléyades”. Y lo hace mediante unos versos nostálgicos y llenos de amargura, escritos lejos de su palacio, desde su cautiverio en Agmat. De la naturaleza de los estudios astronómicos de al-Mutamid podemos saber, por sus poemas, que hablaban de naw, que es el “ocaso de la estrella en el oeste con el alba, concordante con el nacimiento a la misma hora de otra estrella que se le opone”. Esto nos da una pista muy clara de la naturaleza de los estudios que allí realizaban. Parece ser que el periodo que va entre ese nacimiento y ese ocaso ejerce una influencia sobre los fenómenos atmosféricos, como es la lluvia, el viento, el frío, el calor, etc.

“El palacio de al-Mubárak llora sobre las huellas de Ibn Abbadcomo llora sobre las de las gacelas y leones.Su al-Turayyá llora y sus estrellas (sus torres) ya no están sumergidas por las lluvias vespertinas y matinales provocadas por el naw de las Pléyades.Al-Wahid llora, como al-Zahí y su qubba; el río y su corona.Todo muestra una profunda tristeza.(…)

Quisiera saber si pasaré todavía otra noche teniendo delante y detrás de mí un jardín y un estanque.Sobre una tierra que hace crecer los olivos, que transmite nobleza, en la que se arrullan las palomas y gorgojean los pájaros. En al-Záhir, que allí se encuentra, la de las altas torres regadas generosamente por la lluvía, mientras que al-Turayyá parece que nos llama y que le llamamos.Al-Záhí y su Sa’ad al-Su’ud nos miran como dos celosos: ¡el enamorado apasionado es muy celoso! "
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Según parece al-Turayya era un salón situado en el centro del palacio a modo de torreón que a su vez se hallaba rodeado de una serie de salones, uno por cada una de las estrellas de las Pléyades.
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Ibn Hamdis, otro de los asistentes a las reuniones del rey describe, en otro poema, la sala principal y su cúpula, comparando la magnificencia de la construcción a las virtudes y cualidades del rey amigo de las artes y las letras que sólo tenía por enemigos los montaraces almorávides.
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“¡Morada soberbia ésta en la que Dios decidió que todo poder se renueve continuamente sin perecer jamás!Santa casa, hasta tal punto que si Moisés, interlocutor de Dios, hubiera dado un paso en ella, se hubiera quitado las sandalias. Esta no es otra que la residencia del príncipe, ante la cual todo el que espera viene a depositar su equipaje.
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Cuando sus puertas se abren, se creería que dicen con acento acogedor a los que franquean: ¡bienvenido!Los constructores le supieron traspasar las cualidades del príncipe, y ejecutaron esta transferencia maravillosamente.En efecto, de su pecho tomaron su amplitud; del color de su tez, el resplandor; de su fama, las diversas dependencias y de su generosidad, los cimientos.
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Tomando por modelo el rango que ocupa entre los reyes, han proporcionado la altura de la sala de audiencias y, gracias a todo ello, se ha elevado por encima de la constelación de los Dos-Simak (Arturo y la Espiga de Virgo).Este palacio me ha hecho olvidar por su esplendor el Iwan de Corroes, porque pienso que pudo servirle de modelo, ya que su magnificencia no tiene parangón.Se diría que, ante el temor [de una negligencia], Salomón, hijo de David, no ha permitido a los genios el menor descanso en la construcción.Vemos al sol parecido a una paleta de donde las manos [de los pintores] sacan lo necesario para dar a sus representaciones figuradas distintas formas.Estas figuras parecen dotadas de movimiento a pesar de su inmovilidad; pues [a pesar de aparecer móviles a la vista] sin embargo ni los pies ni las manos cambian realmente de lugar. Cuando nos hemos cegado por los colores inflamados, empleamos como colirio el resplandor del rostro del príncipe".
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Algunos que asistieron a las reuniones con el rey y sus visires, repetían de memoria las palabras pronunciadas por el monarca en dicha reunión: "He bebido vino (ráh) en el que la luz destellaba, dice al-Mutami,Mientras que la noche extendía las tinieblas como manto. Hasta el momento en que la luna llena se mostró en la constelación de Orión (al-Gawza), como una reina soberbia y magnífica;estrellas chispeantes se elevaron a porfía para rodearla con su titilar y completar su propia titilación.Al hacer de su marcha hacia Occidente un paseo, colocó los Gemelos por encima de ellas a guisa de sombrilla. Se veía a las [demás] estrellas formar un cortejo, izando las Pléyades como una bandera por encima de ella".
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En un lenguaje relacionado con la alquímia del vino, también escribe el rey poeta:
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"El licor te ha llegado de noche, en un traje de día hechode su luz y de su túnica de cristal.Comparables a Júpiter (al-Mustari) envuelto por su planeta Marte (Mirrij).
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Cuando sumergido en el agua, está rodeado de una ardiente brasa.La congelación de uno y otra se ha hecho tan graciosamente, que se ha armonizado, y estos dos contrarios no han cogido a su opuesto por antipatía".Y en otro lado:"-¡Cuantas veces, cuando la noche era muy oscura, me he servido de beber rosas fundidas en agua congelada! (…)
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Abreva a golpes redoblados tu corazón, pues más de un enfermo se ha curado así, y arrójate en la vida como sobre una presa, pues su duración es efímera.Incluso si tu vida durara mil años completos, no sería exacto decir que es larga. ¿Te dejarías llevar por la tristeza hasta la muerte cuando el laúd y el vino fresco están aquí y te esperan?Que la preocupación no se adueñe de ti a viva fuerza, en tanto que la copa es como una espada centelleante en tu mano.Conduciéndonos con cordura, las contrariedades nos acosan hasta lo más profundo de nuestro ser; ser cuerdo, para mí, es no serlo".

Aunque destruida en gran parte por los almorávides, como ya se dijo, al-Turuyyá sigue presente en el Alcázar, aunque sólo algunas señales y pinturas quedan de aquella primera sala de poetas astrónomos. El espacio es hoy un gran pabellón cuadrado cubierto por una suntuosa cúpula decorada con lacerías talladas en cedro sobredorado. Sus reconstructores últimos no escatimaron en materiales y buen gusto para dar a esas pareces lo más bello de su época.


Publicado en Desde mi ventana (http://www.dmiventana.blogspot.com/) con fotos complementarias.